Difícilmente alguien podrá entender que el desorden constituya una ventaja que pueda explotarse en la vida. Por el contrario, las personas lo tratan de evitar a toda costa.

El hombre es un ser de rutinas. Las establece como una forma de enfrentar la incertidumbre, de manejarse en terreno conocido y de eliminar factores que le puedan provocar preocupación, ansiedad o angustia. Buena parte del tiempo, o bien se encuentra inmerso en rutinas definidas o está haciendo esfuerzos para establecerlas.

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Se presume que las rutinas concluyen por consolidar el orden, y éste es entendido como una virtud. Mientras las cosas fluyan de forma ordenada las personas calculan que obtendrán mejores resultados.

El problema radica en que las rutinas construyen un estado muy estructurado de las cosas y reducen tanto la flexibilidad como nuestra capacidad de adaptación a los cambios.

Las personas que tienen en alta estima sus rutinas pueden ser también individuos bastante vulnerables. Cuando se introduce un cambio, se produce una afectación notable en estas personas, en distintos ámbitos y con diferentes respuestas.

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La vida en general tiene el carácter más bien de un conjunto de eventos desordenados que de uno estructurado y definido. Esto es así principalmente porque no existe control sobre el porvenir. Le está privado al hombre conocer con exactitud cómo se presentarán las cosas en el futuro.

Efectivamente se pueden tomar todas las previsiones y precauciones posibles en algo, pero ello no determina que las cosas sucederán como se espera. Puede afirmarse sin equívoco que cuando las previsiones no se cumplen, el desorden toma control de la situación.

La fortaleza entonces, no radica necesariamente en la capacidad de enfrentar con orden la aleatoriedad y el intrínseco caos que viene aparejado con la vida, la fortaleza se encuentra en la capacidad de manejarse bien en ese inevitable desorden.

LA APROPIADA GESTIÓN DEL CAMBIO

Hoy existe una notoria tendencia por incorporar a las personas a circuitos de hábitos y rutinas teóricamente saludables y beneficiosas: desde el ejercicio físico, la alimentación, el ocio, hasta protocolos de trabajo y de vida en sociedad. Estos esfuerzos son positivos mientras no conducen a la formación de personas excesivamente “estructuradas” y por ende rígidas.

La rigidez siempre constituye el vestíbulo de lo frágil y vulnerable. Muchas veces estas personas no solo demuestran su fragilidad por el efecto negativo que les provoca una alteración del orden que cultivan, también exponen su vulnerabilidad cuando no pueden ajustarse a los objetivos o exigencias que se autoimponen.

CONVIRTIENDO LA INCERTIDUMBRE EN VENTAJA

El desorden es, en realidad, la rutina que presenta la vida pero también es el estado que plantea las oportunidades para el desarrollo. Es el desafío que convoca a las personas a estimular la creatividad y el desarrollo de nuevas habilidades. Constituye un llamado a la acción que pocas veces se asemeja a los llamados que emite el orden.

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El desorden es un síntoma del cambio y el cambio es un síntoma de evolución. Mientras todos se orientan “naturalmente” hacia el orden y la rutina, quién sabe acomodar velas en el implícito desorden que caracteriza el devenir de las cosas, encuentra precisamente en el desorden, una ventaja.

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